La Anatomía del Amor (y sus vicios)
Cultura

La Anatomía del Amor (y sus vicios)

Ricardo Vargas Campos

Ricardo Vargas Campos

Columnista

3 de marzo de 2026
4 min de lectura

Hubo un tiempo en que incluso pensé que no era para mí, como si el romance fuera un idioma ajeno —uno lleno de declinaciones complejas que jamás me interesó aprender— o un lujo reservado para otras vidas, para otras pieles más permeables que la mía.

La anatomía del amor (y sus vicios)

Nunca he sido alguien que necesite del amor para vivir; de hecho, el amor nunca me golpeó como a otros, nunca me sacudió con esa urgencia casi biológica de quien busca oxígeno bajo el agua. Durante años, caminé con la certeza de que mi estructura interna estaba completa, sin grietas que rellenar. Hubo un tiempo en que incluso pensé que no era para mí, como si el romance fuera un idioma ajeno —uno lleno de declinaciones complejas que jamás me interesó aprender— o un lujo reservado para otras vidas, para otras pieles más permeables que la mía.

Y cuando lo tuve enfrente, cuando el amor se sentó a mi mesa y me miró a los ojos, no supe darle el peso que quizá merecía. Lo traté con la cortesía de un extraño: lo dejé pasar sin dramatismo, casi sin darme cuenta de que estaba cerrando la puerta. No hubo portazos ni violines, solo un silencio pragmático. Pero a veces —en el hueco de la madrugada o en la pausa innecesaria de un domingo— me queda una inquietud más difícil de callar: ¿qué sentido toma la vida cuando el amor no la atraviesa? ¿Es libertad o es simplemente un vacío bien administrado?


La diferencia entre el chispazo y la hoguera

Pienso —como Sabines— que enamorarse sucede siempre, casi sin permiso. Es un accidente químico, un tropiezo del ego que se ve reflejado en otro. Pero el enamoramiento es el vicio de los principiantes; es la parte fácil, la que se alimenta de la novedad y de esa ceguera voluntaria que nos hace creer que el otro es la respuesta a preguntas que ni siquiera habíamos formulado.

Lo que importa de verdad es el amor.

Del amor se resiste, del amor se entraña, y del mismo amor se cuida. La anatomía de este sentimiento no está hecha de flores, sino de una musculatura tensa que aprende a cargar con el peso de la cotidianeidad. Porque no es la chispa lo que sostiene el invierno, sino aquello que permanece cuando la chispa se apaga y nos quedamos a oscuras, viendo al otro tal cual es, sin el filtro del deseo urgente.

Los vicios de la permanencia

El problema es que el amor, en su estado más puro, suele venir acompañado de sus propios vicios. Nos volvemos adictos a la seguridad, al vicio de la pertenencia, a la idea de que el otro "nos debe" algo por el simple hecho de estar ahí. Olvidamos que el amor no es una posesión, sino un acto de voluntad diaria. El "hombre común" suele caer en la trampa de la costumbre, pensando que el amor es un mueble que ya compró y que no necesita mantenimiento, cuando en realidad es más parecido a un jardín que el desierto intenta devorar cada noche.

Si el amor no nos atraviesa, nos ahorramos el dolor, sí. Nos ahorramos la humillación de la entrega y el desorden de la ruptura. Pero también nos quedamos en una superficie plana, en una existencia higiénica donde nada duele, pero nada vibra.

El peso de lo no vivido

Hoy entiendo que el amor no es un puerto al que se llega para descansar, sino el viaje mismo, con sus mareos y sus tormentas. Quizá mi error fue esperar un rayo fulminante, cuando el amor era en realidad una llovizna persistente que debí dejar que me empapara hasta los huesos.

Al final, la vida sin amor se puede vivir —yo soy la prueba de ello—, pero se vive a medias, como quien mira un paisaje a través de un cristal empañado. El sentido de la vida, sospecho ahora, no es encontrar a alguien que nos salve, sino permitir que alguien nos desordene lo suficiente como para recordarnos que estamos vivos.